El politólogo Alejandro Frenkel[1] resumió los ejes de la política exterior de Bolsonaro antes que anunciara al Embajador Ernesto Araujo como jefe de Itamaraty (venerable institución que el presidente electo considera una cueva izquierdista): “Propuso un mayor acercamiento a Estados Unidos, Israel e Italia; criticó a China y a todos los regímenes asociados con el comunismo y calificó al Mercosur como un bloque demasiado ideologizado. En línea con Donald Trump, mostró su preferencia por las negociaciones bilaterales en detrimento de los esquemas multilaterales, se manifestó favorable a mudar la embajada a Jerusalén, a salirse del Acuerdo de París sobre cambio climático, a romper relaciones con Cuba y a incrementar las sanciones a Venezuela”[2]. En su propio blog “Metapolítica 17, contra el globalismo”[3] Araujo supera los propósitos refundacionales de su jefe y sus seguidores más devotos.

Es imprudente la política que se rebela contra la primacía de la realidad, especialmente en el campo externo. Los gobiernos novatos que lo ignoran arriesgan un aterrizaje que puede ser más accidentado cuando la diplomacia asume las banderas de políticos que improvisan una temática que desconocen. Pero los choques pueden extenderse a otros sectores cruciales, como lo sabe el futuro (super) Ministro de Economía, Paul Guedes, quien tuvo que rectificar sus declaraciones sobre el MERCOSUR y disculparse ante sus miembros. O en la cartera de Educación, donde los evangélicos —que añadirán 30 curules a las 198 que tienen en una cámara de 513 miembros— criticaron al candidato de Bolsonaro e impusieron otro de ideas afines: el colombo-brasileño Ricardo Velez.

A la vigilancia del autoritarismo pentecostal (denominación protestante que congrega a 42 millones de brasileños) se sumará la previsible resistencia de la diplomacia profesional y el peso de Itamaraty, donde el joven Araujo —que nunca ha tenido una embajada— deberá nombrar vice canciller, directores generales y numerosos jefes de misiones en el exterior que, seguramente, no comulgarán con los principios trumpistas de la “Metapolítica17”. La diplomacia y las Fuerzas Armadas brasileñas son respetadas; y así como se criticó la ideologización izquierdista impuesta por Lula y Rousseff, es probable que se censure la embestida contra China que Bolsonaro comparte con Trump. La visita del asesor radical John Bolton a Brasilia resaltará los costos de esa política para las exportaciones brasileñas a China, el principal de sus mercados ($ 36.6 miles de millones vs $13 billones a USA).

Los obstáculos serán proporcionales a los desafíos bolsonaristas en todo aquello que se considera políticamente correcto desde los fueros internacionalistas, ahora perturbados por líderes nacional-populistas como Trump y Putin (hasta Xi Jinping se ha convertido en adalid del libre comercio gracias al proteccionismo trumpiano, con el que acaba de colisionar en la cumbre de la APEC). Aunque el radicalismo de Bolsonaro suene preocupante, es probable que él mismo dude que Brasil sea una superpotencia capaz de concretar sus objetivos más inflamados. Lo seguro es que enfrentará el fuego cruzado del multilateralismo onusiano y ONGs indignadas, además de las afiebradas redes sociales y la creciente capacidad movilizadora de los ubicuos colectivos de la sociedad civil.

Más allá de sus postulados efectistas, tanto la política exterior como las negociaciones económicas internacionales y la apuesta liberal de Bolsonaro confluirán con las del Presidente Temer[4]. Lo ha demostrado su visita al Presidente Piñera y el sustantivo tratado de libre comercio concluido para incrementar su intercambio bilateral, que ya supera los $ 8.5 billones, con un crecimiento aproximado de 40% en los dos últimos años. El ambicioso convenio (ACE 35 de ALADI) labrado por diplomáticos y empresarios anticipan la convergencia entre la Alianza del Pacífico y el nuevo MERCOSUR que Bolsonaro y Araujo alentarán con pasión.

Pero los temas más delicados de la panoplia bolsonarista son: 1. el fervoroso apoyo a Trump y, 2. su odio contra el ambientalismo, el globalismo, el multilateralismo, la ideología de género y otros extremismos predominantes.

Respecto del primer punto, la agenda del Tea Party y el extremismo republicano de Estados Unidos pueden contar con el apoyo de huestes evangélicas en aumento, pero los brasileños detestan que su país parezca un acólito de Washington.

Sobre el segundo, Brasil es soberano en casi la mitad de la cuenca amazónica, cuyo patrimonio ecológico debe salvaguardar en beneficio propio y de la humanidad, porque no puede desconocer que la comunidad internacional la considera patrimonio universal dada su función vital para controlar el desbocado calentamiento del planeta. Su preservación y manejo responsable por los Estados amazónicos soberanos constituye una exigencia que no solo suscita el legítimo interés de gobiernos y organismos internacionales sino de los seres humanos que nos sentimos cada vez más inermes frente a los extremos de la violencia climática que experimentamos y tememos.

El último y más gravitante de los antiguos mentores militares de Bolsonaro fue el Presidente (General) Ernesto Geisel, cuyo canciller, el Embajador Antonio Azeredo da Silveira propuso el Tratado de Cooperación Amazónica, apoyado por distinguidos diplomáticos como los embajadores Joao Hermes de Araujo y Rubens Ricupero. Ellos impulsaron el tratado que, con aportes nuestros y de otros signatarios, consagra elementos fundamentales de lo que debería ser el mejor escudo de defensa medioambiental de Brasil y los Estados amazónicos que lo firmamos en Brasilia, el 13 de julio de1978 (el Embajador Hubert Wieland y yo fuimos los negociadores peruanos comisionados por el Canciller José de la Puente).

Extravíos del destino determinaron que su implementación haya sido perezosa en extremo. Pero sus potentes normas esperan ser decididamente vigorizadas por el Presidente electo del Brasil (depositario y sede de su secretaría técnica). Como hicimos cuando Azeredo da Silveira planteó su visionaria iniciativa, el Perú lo acompañaría en una segunda cruzada que daría nueva vida al TCA. Nuestra responsabilidad es notoria: el Amazonas nace en Arequipa y el derretimiento de nuestros glaciares puede producir catástrofes que alterarían la geografía nacional y sacrificarían a muchos peruanos. Nuestra diplomacia y la brasileña deben abocarse a resucitar ese tratado moribundo, cuyo surgimiento y agonía se escenificaron en Itamaraty. Así como Chile ha sabido potenciar con inteligencia y sentido de futuro las relaciones económicas y comerciales que son el corazón de su relación con Brasil, el Perú puede hacer que la Amazonía sea el elemento vital de nuestra vinculación.

 

Hay otros temas complementarios y palpitantes que nos convocan: a) La ruptura del proteccionismo brasileño estimularía la integración amazónica con Ecuador y Colombia mediante el transporte fluvial y el comercio hacia el Atlántico. Los ejes interoceánicos corrompidos por Lava Jato menguarían el daño provocado si Brasil abre su mercado y su economía. b) La convicción de su próximo mandatario dará mayor fuerza al Grupo de Lima que Perú coordina para luchar contra la dictadura venezolano-cubana. c) La Alianza del Pacífico podría ser el modelo liberal que modernice una potente convergencia entre los océanos que bañan las inmensas orillas de Sudamérica.

 

[1] Académico de las universidades argentinas UNSAM, USAL y CONICET.

[2] Frenkel, Alejandro. El mundo según Bolsonaro. La nueva política exterior de Brasil. Nueva Sociedad. Véase: http://nuso.org/articulo/el-mundo-segun-bolsonaro/

[3] Véase: https://www.metapoliticabrasil.compond

[4] Temer, Michel (21 de noviembre de 2018). No Chile, por mais abertura e integração. O Estado de Sao Paulo.